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Nuevamente el Dr. William A. Dembski nos lleva de la mano en la comprensión de la “complejidad-especificación.” Este concepto es indispensable para comprender la viabilidad científica de la Teoría del Diseño Inteligente.

En esta ocasión, sin embargo, la explicación es menos técnica. La ilustración basada en la película “Contact” es explicada cuidadosamente. Las aplicaciones a los conceptos biológicos expuestos por el Dr. M. Behe (“complejidad irreductible”) son analizados y sus implicaciones para la Biología expuestos.

Por último el autor nos recuerda que el concepto del Diseño no es en sí mismo un obstáculo en el adelanto de la Ciencia, antes al contrario
 
Introducción
Cuando la física de Galileo y de Newton desplazó la física de Aristóteles, los científicos intentaron explicar el mundo descubriendo sus leyes naturales deterministas. Cuando a su vez la física cuántica de Bohr y de Heisenberg desplazó la física de Galileo y de Newton, los científicos se dieron cuenta que necesitaban suplementar sus leyes naturales deterministas tomando en consideración los procesos de casualidad en sus explicaciones de nuestro universo. Casualidad y necesidad, para usar una frase dada a conocer por Jacques Monod, fijó desde entonces los límites de la explicación científica.

No obstante, hoy, casualidad y necesidad han probado ser insuficientes para explicar todos los fenómenos científicos. Sin invocar las correctamente descartadas teleologías, entelequias y vitalismos del pasado, podemos ver que aún se requiere un tercer modo de explicación, es decir, diseño inteligente. Casualidad, necesidad y diseño—estos tres modos de explicación— son necesarios para explicar la gama completa de los fenómenos científicos.

Aún así, no todos los científicos entienden que excluir el diseño inteligente restringe artificialmente la ciencia. Richard Dawkins, un conocido darwinista, comienza su libro “The Blind Watchmaker” diciendo, “La biología es el estudio de cosas complicadas que dan la apariencia de haber sido diseñadas con un propósito.” Afirmaciones como esta hacen eco a través de la literatura biológica. En “What Mad Pursuit,” Francis Crick, laureado con el premio Nóbel y codescubridor de la estructura del DNA, escribe, “Los biólogos deben mantener en mente constantemente que lo que ellos ven no fue diseñado, sino que evolucionó.”

La comunidad biológica piensa que ha explicado el diseño aparente en la naturaleza a través del mecanismo darwiniano de mutación al azar y de selección natural. No obstante, el punto a considerar es que en el intento de explicar el diseño aparente en la naturaleza, los biólogos consideran haber creado un argumento científico exitoso en contra del diseño mismo. Esto es importante porque para que un argumento sea científicamente falsificable, tiene que contar con la posibilidad de ser cierto. La refutación científica es una espada de doble filo. Afirmaciones que son refutadas científicamente pueden ser incorrectas, pero no son necesariamente incorrectas—no pueden ser eliminadas sin más.

Para entender esto, considere lo que pasaría si el exámen microscópico revelara que cada célula tuviera inscrita la frase, “Hecha por Yahvé.” Por supuesto que las células no tienen “Hecha por Yahvé” inscritas en sí, pero ese no es el punto. El punto es que no sabríamos esto a menos que verdaderamente mirásemos a las células bajo el microscopio. Y si tuviesen esa inscripción, tendríamos que considerar, como científicos, que realmente fueron hechas por Yahvé. Así que aún aquellos que no creen en ello admiten tácitamente que el diseño permanece como una opción viva en la biología. Las prohibiciones ‘a priori’ en contra del diseño son poco sofisticadas filosóficamente y fáciles de contradecir. Sin embargo, una vez admitimos que el diseño no se puede excluir de la ciencia sin argumentos, permanece una pregunta de más peso: ¿Por qué querríamos admitir el diseño en la ciencia?

¿Diseño en la Ciencia?
Para contestar esta pregunta, démosle un giro y preguntemos mas bien, ¿por qué no querríamos admitir el diseño en la ciencia? ¿Qué tiene de malo explicar algo como diseñado por un agente de inteligencia? Ciertamente hay muchos acontecimientos diarios que explicamos apelando al diseño. Mas aún, en nuestras vidas de trabajo es absolutamente crucial distinguir entre accidente y diseño. Demandamos contestaciones a preguntas tales como, ¿Ella se cayó o la empujaron? ¿Alguien murió accidentalmente o se suicidó? ¿Fue concebida esta canción independientemente o fue por plagio? ¿Tuvo suerte una persona en la bolsa de comercio o hubo uso de información privilegiada?

No sólo demandamos respuestas a tales preguntas, sino que industrias enteras se dedican a hacer distinción entre accidente y diseño. Aquí podemos incluir las ciencias forenses, la ley de propiedad intelectual, investigación de reclamos de seguros, criptografía y la generación de números al azar, para mencionar sólo unas pocas. La misma ciencia tiene que marcar esta distinción para mantenerse a sí misma honesta. Hubo un reporte en la revista Ciencia el pasado mes de enero sobre una investigación en internet realizado por Medline en el que se descubrió “un artículo publicado en Zentralblatt für Gynäklogie en 1991 [conteniendo] texto que es casi idéntico a unos escritos de un artículo publicado en el 1979 en el Journal of Maxillofacial Surgery.” El plagio y la falsificación de data en las ciencias son más comunes de lo que nos gustaría admitir. Lo que nos mantiene al tanto de estos abusos es nuestra habilidad para detectarlos.

Si el diseño es tan detectable fuera de la ciencia, y si su capacidad de ser detectado es uno de los principales factores para mantener a los científicos honestos, ¿por qué debería mantenerse al diseño lejos del contenido de la ciencia? ¿Por qué Dawkins y Crick se sienten forzados a recordarnos constantemente que la biología estudia cosas que sólo parecen ser diseñadas, pero que en realidad no son diseñadas? ¿Por qué no podría la biología estudiar cosas que son diseñadas?

La respuesta de la comunidad biológica a estas preguntas ha sido la de resistir de manera absoluta el diseño. La preocupación es que para objetos naturales (a diferencia de artefactos humanos) la distinción entre diseño y no-diseño no puede ser trazada de forma confiable. Considere, por ejemplo, el siguiente comentario hecho por Darwin en el capítulo final de su libro El Origen de las Especies: “Varios eminentes naturalistas han publicado recientemente su creencia de que una multitud de especies en cada género no son especies reales; pero que otras especies son reales, esto es, han sido creadas independientemente... Sin embargo ellos no pretenden poder definir, o tan siquiera conjeturar, cuáles son las formas de vida creadas y cuáles son las producidas por leyes secundarias. Ellos admiten que la variación es causa verdadera en un caso, y ellos lo rechazan arbitrariamente en otro, sin hacer ninguna distinción entre los dos casos.” Los biólogos se preocupan en atribuirle algo al diseño (aquí identificado con la creación) sólo para que sea contradicho luego; esta preocupación legítima y bien difundida les ha prevenido el utilizar el diseño inteligente como una explicación científica válida.

Complejidad-especificación
Aunque posiblemente justificada en el pasado, esta preocupación ya no es sostenible. Ahora existe un criterio riguroso—complejidad-especificación—para distinguir entre objetos inteligentemente causados y aquellos no causados inteligentemente. Muchas ciencias especiales ya usan este criterio, aunque en una forma pre-teórica (e.g., ciencias forenses, inteligencia artificial, criptografía, arqueología y la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre). El gran adelanto en la filosofía de la ciencia y en la teoría de probabilidad en años recientes ha sido el aislar y hacer preciso este criterio. El criterio de complejidad irreducible para establecer el diseño de sistemas bioquímicos de Michael Behe es un caso especial del criterio complejidad-especificación para detectar diseño (cf.del libro de Behe, Darwin´s Black Box).

¿Qué apariencia tiene este criterio? A pesar de que una explicación y justificación detalladas es bastante técnica (para una explicación más completa vea mi libro The Design Inference, publicado por Cambridge University Press), la idea básica es directa y fácil de ilustrar. Considere cómo los astrónomos de radio en la película Contact, detectaron una inteligencia extraterrestre. Esta película, que estrenó el año pasado y estaba basada en una novela de Carl Sagan, fue una deleitosa obra de propaganda para el programa de investigación SETI (por sus siglas en inglés: “the Search for Extra-Terrestrial Inteligence”), la Búsqueda de Inteligencia Extra-Terrestre, en castellano. En la película, los investigadores de SETI encuentran inteligencia extraterrestre. (Las investigadores reales no han sido tan exitosos).

SETI. ¿Cómo entonces encontraron los investigadores de SETI en Contact una inteligencia extraterrestre? Los investigadores de SETI monitorean millones de señales de radio en el espacio. Muchos objetos naturales en el espacio (por ejemplo los “pulsares”) producen ondas radiales. Buscar señales de diseño entre todas estas ondas radiales producidas de forma natural es como buscar una aguja en un pajar. Para cernir de entre la paja, los investigadores de SETI someten las señales que monitorean a computadoras programadas para detectar patrones. Siempre y cuando una señal no coincida con uno de los patrones pre-determinados, pasará por el cedazo del detector de patrones (aun si proviniera de una fuente inteligente). Si, por otro lado, coincide con alguno de estos patrones, entonces, dependiendo del patrón con que coincida, los investigadores de SETI pueden tener una buena ocasión para celebrar.

Los investigadores SETI en Contact, encontraron la siguiente señal:

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1111111111111111111111111111111111111111111111

En esta secuencia de 1126 bits, el 1 (uno) corresponde a pulsos y el “0” (cero) a pausas. Esta secuencia representa los números primos del 2 al 101, donde un número primo dado es representado por la cantidad correspondiente de pulsos (los “unos”) y los números primos individuales son separados por pausas (los “ceros”).

Los investigadores de SETI en Contact tomaron esta señal como confirmación decisiva de inteligencia extraterrestre. ¿Qué es lo que tiene esta señal que indica convincentemente el diseño? Siempre que inferimos diseño, debemos establecer dos cosas —complejidad y especificación. La complejidad asegura que el objeto en cuestión no es tan simple que se pueda explicar fácilmente por casualidad. La especificación asegura que este objeto exhibe el tipo de patrón que es la marca de fábrica de la inteligencia.

Complejidad. Para entender por qué la complejidad es crucial para inferir diseño, considere la siguiente secuencia de bits:

110111011111

Estos son los primeros doce bits en la secuencia previa representando los números primos 2,3 y 5 respectivamente. Ahora bien, es seguro que ningún investigador de SETI, de ser confrontado con esta secuencia de doce bits, contactaría al editor de ciencia del New York Times, tendría una conferencia de prensa y anunciaría que se ha descubierto inteligencia extraterrestre. Ningún titular leerá, “¡Los alienígenas dominan los primeros tres números primos!”

El problema es que esta secuencia es demasiado corta (en otras palabras, tiene muy poca complejidad) para establecer que una inteligencia extraterrestre con conocimiento de números primos la produjo. Un fuente emisora de radio originando pulsos aleatorios podría producir po r casualidad la secuencia "110111011111.” Una secuencia de 1126 bits representando los números primos del 2 al 101, sin embargo, es una historia distinta. Aquí la secuencia es suficientemente larga (o sea, tiene suficiente complejidad) para confirmar que una inteligencia extraterrestre la pudo haber producido.

Especificación. Aún así, la complejidad por sí misma no es suficiente para eliminar la casualidad e indicar diseño. Si yo lanzo una moneda 1,000 veces, participaré en un evento altamente complejo (o lo que es lo mismo, altamente improbable). Ciertamente, la secuencia resultante de lanzar la moneda 1,000 veces será una en un trillón trillón trillón..., donde la elipsis necesita veintidós “trillones” adicionales. Esta secuencia de lanzamiento de la moneda al azar no nos llevará, sin embargo, a una inferencia de diseño. Aunque compleja, esta secuencia no exhibirá un patrón adecuado. Contraste esto con la secuencia representando los números primos del 2 al 101. No sólo es compleja esta secuencia, sino que también representa un patrón adecuado. El investigador de la SETI que descubre esta secuencia en la película Contact lo explicó de esta manera: “Esto no es ruido, esto tiene estructura.”

¿Cuál es el patrón adecuado para inferir diseño? No satisfacerá cualquier patrón. Algunos patrones pueden ser legítimamente utilizados para inferir diseño, mientras que otros no. Es fácil ver la intuición básica aquí. Supón que un arquero se pare a cincuenta metros de distancia de una pared grande con arco y flecha en mano. Digamos que la pared es suficientemente grande para que el arquero le dé inevitablemente. Ahora, supón que cada vez que el arquero dispare una flecha contra la pared, el arquero pinta una diana alrededor de la flecha para que la flecha quede en el centro de la diana. ¿Qué se puede concluir de este escenario? Absolutamente nada en cuanto a la habilidad del arquero como arquero. Sí, existe un patrón; pero es un patrón fijado después que la flecha ha sido lanzada. El patrón es entonces puramente ad hoc para la ocasión.

Por otro lado, supón que el arquero pinta un blanco fijo en la pared y luego lanza flechas hacia él. Supón que el arquero dispara cien flechas, y que cada una da en el centro de la diana. ¿Qué se puede concluir de este segundo escenario? Confrontados con este segundo escenario nos vemos obligados a inferir que estamos ante un arquero de fama mundial, uno cuyos tiros no pueden ser explicados legítimamente por suerte, sino que por el contrario deben ser explicados por la destreza y superioridad del arquero. Destreza y dominio están, por supuesto, presentes en el diseño.

Como el arquero que fija el blanco primero y luego le dispara, los estadísticos determinan lo que es conocido como una “región de rechazo” previo al experimento. Si el resultado de un experimento cae en los perímetros de una “región de rechazo”, los estadísticos rechazan la hipótesis de que el resultado es debido a la casualidad. No es necesario presentar el patrón previo a un evento para implicar diseño. Considere el siguiente texto codificado:

nfuijolt ju jt mjlf b xfbtfm

Inicialmente, esto parece una secuencia salteada de letras y espacios—inicialmente careces de patrones para rechazar la casualidad e inferir diseño.

Pero supón que alguien viene luego y te dice que trates esta secuencia como una código “César”, moviendo cada letra un espacio en el alfabeto. Entonces, la secuencia ahora lee,

“methinks it is like a weasel”

A pesar de que el patrón es dado luego del hecho, es el tipo correcto de patrón para eliminar la casualidad e inferir el diseño. En contraste con las estadísticas, que siempre trata de identificar sus patrones antes de que un experimento se lleve a cabo, el criptoanálisis debe descubrir los patrones después del hecho. En ambas instancias, sin embargo, los patrones son adecuados para inferir diseño.

Los patrones se dividen en dos tipos, aquellos que en presencia de complejidad garantizan una inferencia de diseño y aquellos que a pesar de la presencia de complejidad no garantizan una inferencia de diseño. El primer tipo de patrón se le llama una especificación, el segundo, una fabricación. Las especificaciones son los patrones no ad hoc que pueden ser utilizados legítimamente para eliminar la casualidad y garantizar una inferencia de diseño. En contraste, las fabricaciones son los patrones ad hoc que no pueden ser utilizados legítimamente para garantizar una inferencia de diseño. Esta distinción entre especificación y fabricación se puede llevar a cabo con total rigor estadístico (cf. The Design Inference).

Complejidad y Especificación. ¿Por qué el criterio de complejidad-especificación detecta diseño con certeza? Para contestar esto, tenemos que entender, en primer lugar, qué es lo que tienen los agentes inteligentes que les hace detectables. La característica principal de los agentes inteligentes es la capacidad para escoger. Siempre que una agente inteligente actúa, escoge de entre una variedad de posibilidades competentes.

Esto es real no sólo para humanos e inteligencias extraterrestres, sino para los animales también. Una rata navegando un laberinto debe escoger si ir a la derecha o a la izquierda en varios puntos del laberinto. Cuando los investigadores de SETI intentan descubrir inteligencia en las transmisiones radiales que monitorean, asumen que una inteligencia extraterrestre podría haber escogido transmitir un gran número de posibles patrones, y entonces intentan parear las transmisiones que observan con los patrones que buscan. Siempre que un ser humano habla coherentemente, escoge entre una gran gama de combinaciones de sonido articulables. Un agente inteligente siempre conlleva discriminación—escogiendo algunas cosas, descartando otras.

Dada esta característica de agencia inteligente, ¿cómo reconocemos que un agente inteligente ha hecho una elección? Una botella de tinta se derrama accidentalmente sobre un papel; alguien toma un (pluma) estilográfica y escribe un mensaje en una hoja de papel. En ambos casos se aplica tinta al papel. En ambos casos se lleva a cabo una de entre casi un infinito número de posibilidades. En ambas ocasiones una contingencia es actualizada y otras son descartadas. Sin embargo en un caso le atribuimos agencia, en el otro casualidad.

¿Cuál es la diferencia relevante? No sólo tenemos la necesidad de observar que una contingencia fue actualizada, sino que nosotros mismos también necesitamos ser capaces de especificar esa contingencia. La contingencia debe conformarse a un patrón dado independientemente, y debemos ser capaces de formular ese patrón independientemente. Una mancha de tinta hecha al azar no es especificable; un mensaje escrito con tinta en un papel es especificable. En Culture and Value, Wittgenstein afirmó el mismo punto: “Tendemos a tomar el lenguaje de un chino como murmullos no articulables. Alguien que entienda el lenguaje chino reconocerá lenguaje en lo que escuche.”

Al escuchar una declaración en chino, alguien que entienda el lenguaje chino no sólo reconoce que una de entre muchas posibles declaraciones fue dicha, sino que también es capaz de identificar la declaración como una fraseen chino coherente. Contraste esto con alguien que no entiende chino. También reconocerá que una de entre muchas posibles declaraciones fue actualizada, pero en esta ocasión, porque carece de la habilidad de entender chino, él es incapaz de decir si la declaración era coherente o no.

Para alguien que no entiende chino, la declaración parecerá disparate. Disparate —la declaración de sílabas sin sentido y no interpretables entre cualquier lenguaje natural— siempre actualiza una declaración a partir de una gama de posibles declaraciones. No obstante, un disparate, al corresponder a nada que podamos entender en cualquier lenguaje, también puede ser especificada. Como resultado, un disparate nunca se considera comunicación inteligente, pero siempre por lo que Wittgenstein llama “murmullos no articulables.”

Sicólogos experimentales que estudian el comportamiento y aprendizaje animal utilizan métodos similares. Para aprender una tarea un animal debe adquirir la habilidad de actualizar comportamientos adecuados para la tarea así como la habilidad de descartar conductas no adecuadas para la tarea. Más aún, para un sicólogo reconocer que un animal ha aprendido una tarea, es necesario no sólo observar al animal hacer la discriminación apropiadas, sino también especificar esta discriminación.

Entonces, para reconocer si una rata ha aprendido exitosamente cómo cruzar un laberinto, el sicólogo debe en primer lugar especificar cuál secuencia de virajes a izquierda y derecha conduce a la rata fuera del laberinto. Sin duda, una rata atravesando un laberinto al azar también discrimina una secuencia de virajes a izquierda y derecha. Pero al atravesar el laberinto al azar, la rata no da indicaciones de que puede discriminar la secuencia apropiada de virajes a izquierda y derecha para salir del laberinto. Consecuentemente, el sicólogo estudiando la rata no tendrá razón para pensar que la rata ha aprendido a atravesar el laberinto. Sólo si la rata ejecuta la secuencia de virajes a izquierda y derecha especificada por el sicólogo, sabrá reconocer el sicólogo que la rata ha aprendido a atravesar el laberinto.

Observe que la complejidad está implícita aquí también. Para entender esto, considere nuevamente una rata atravesando un laberinto, pero ahora piense en un laberinto bien sencillo en el cual dos virajes a la derecha conducirán a la rata fuera del laberinto. ¿Cómo podrá el sicólogo que está estudiando la rata determinar si ha aprendido a salir del laberinto? Poner la rata en el laberinto no será suficiente. Porque el laberinto es tan sencillo, la rata pudo haber tomado dos virajes a la derecha por casualidad, y por ende salir del laberinto. Por lo tanto, el sicólogo estará inseguro de si la rata realmente aprendió a atravesar el laberinto o si la rata simplemente tuvo suerte.

Pero contraste esto ahora con un laberinto complicado en el cual una rata deba tomar sólo la correcta secuencia de virajes a la izquierda y a la derecha para salir del laberinto. Suponga que la rata debe tomar cien virajes correctos a izquierda y derecha, y que cualquier error evitará que la rata salga del laberinto. Un sicólogo que ve que la rata no hace virajes erróneos y que cruza en corto tiempo el laberinto, estará convencido de que la rata verdaderamente ha aprendido cómo atravesar el laberinto, y que no fue sólo suerte.

Inteligencia. Este esquema general para reconocer agencia inteligente es a penas una forma disfrazada del criterio complejidad-especificación. En general, para reconocer agencia inteligente debemos observar una elección entre posibilidades competentes, notar qué posibilidades no fueron seleccionadas, y luego ser capaces de especificar la posibilidad que fue elegida. Lo que es más, las posibilidades competidas que fueron descartadas deben ser posibilidades reales, y suficientemente numerosas (por ende, complejas) de manera que especificar la posibilidad elegida no pueda atribuírsele a la casualidad.

Todos los elementos en este esquema general para reconocer agencia inteligente (elección, descartar y especificar) encuentran su contraparte en el criterio de complejidad-especificación. Este criterio formaliza lo que hemos estado haciendo cuando reconocemos agencia inteligente. El criterio de complejidad-especificación determina lo que necesitamos estar buscando cuando detectamos diseño.

Posiblemente la evidencia más precisa para el diseño en biología proviene de la bioquímica. En una edición reciente de Cell (8 de febrero de 1998), Bruce Alberts, presidente del National Academy of Sciences, afirmó, “La célula entera se puede observar como una fábrica que contiene una red elaborada de líneas de ensamblaje interconectadas, cada una de las cuales está compuesta de grandes máquinas de proteínas... ¿Por qué llamamos máquinas a los grandes ensamblajes de proteínas que subyacen la función celular? Precisamente porque, así como las máquinas inventadas por los humanos para trabajar eficientemente con el mundo macroscópico, estos grupos de proteínas contienen partes móbiles altamente coordinadas.”

Complejidad irreducible. Aún así, Alberts se identifica con la mayoría de los biólogos en considerar la complejidad maravillosa de las células como sólo aparentemente diseñadas. El bioquímico Michael Behe, de Lehigh University, está en desacuerdo. En Darwin´s Black Box (La caja negra de Darwin, 1996), Behe presenta un poderoso argumento en favor de diseño real en la célula. Central en su argumento, está su noción de complejidad irreducible. Un sistema es irreductiblemente complejo si consiste en varias partes interrelacionadas de forma tal que remover simplemente una parte destruiría completamente las funciones del sistema. Como un ejemplo de complejidad irreducible, Behe ofrece la ratonera común. Una ratonera consiste de una plataforma, un martillo, un amortiguador, un atrapador y una barra de agarre. Elimine cualquiera de estos cinco componentes y es imposible construir una ratonera funcional.

La complejidad irreducible necesita ser contrastada con la complejidad acumulativa. Un sistema es acumulativamente complejo si los componentes del sistema pueden ser organizados en secuencia de forma que la remoción sucesiva de sus componentes nunca lleve a un pérdida total de función. Un ejemplo de un sistema de complejidad acumulativa es una ciudad. Es posible remover personas y servicios exitosamente de una ciudad hasta llegar a una pequeña aldea- sin perder el sentido de comunidad, la “función” de la ciudad.

De esta caracterización de complejidad acumulativa, está claro de que el mecanismo darwinista de selección natural y mutación al azar puede ser considerado como un caso de complejidad acumulativa. La declaración de Darwin, de cómo los organismos se tornan gradualmente más complejos a medida que se acumulan adaptaciones favorables, es la otra cara de la moneda de la ciudad en nuestro ejemplo del que personas y servicios son removidos. En ambos casos, las versiones más simples y más complejas también funcionan, sólo que de formas más efectivas o menos efectivas.

¿Pero puede el mecanismo darwinista dar cuentas por la complejidad irreducible? Ciertamente, si la selección actúa con referencia a una meta, puede producir complejidad irreducible. Considera la ratonera de Behe. Dada la meta de construir una ratonera, uno puede especificar un proceso de selección orientado a una meta, que a su vez seleccione una plataforma, un martillo, un amortiguador, un atrapador y una barra de agarre, y que al final ponga todos estos componentes juntos para formar una ratonera funcional. Dada una meta específicada con anterioridad, la selección no tiene ninguna dificultad en producir sistemas de complejidad irreducible.

Pero, la selección operando en la biología es la selección natural darwinista. Y por definición esta forma de selección opera sin metas, no tiene plan o propósito y es enteramente no dirigida. El gran atractivo del mecanismo de selección de Darwin era, después de todo, que eliminaría la teleología de la biología. Sin embargo al hacer de la selección un proceso sin dirección, Darwin redujo drásticamente el tipo de complejidad que los sistemas biológicos podían manifestar. En consecuencia los sistemas biológicos podrían manifestar sólo complejidad acumulativa, no complejidad irreducible.

Como Behe explica en La caja negra de Darwin, “Un sistema de complejidad irreducible no puede ser producido...por ligeras y sucesivas modificaciones de un sistema precursor, porque cualquier precursor de un sistema de complejidad irreducible que carezca de una parte es por definición disfuncional... Como la selección natural sólo puede elegir sistemas que ya estén operativos, entonces si un sistema biológico no puede ser producido gradualmente tendría que levantarse como una unidad integrada, de un sólo golpe, para que la selección natural tuviera algo sobre qué actuar.”

Para un sistema de complejidad irreducible, la función se adquiere solo cuando todos los componentes del sistema están en su lugar simultáneamente. Por consiguiente, la selección natural, si va a producir un sistema de complejidad irreducible, tiene que producirlo de una sola vez o no lo produce. Esto no sería un problema si los sistemas en cuestión fuesen sencillos. Pero no lo son. Los sistemas bioquímicos de complejidad irreducible que Behe considera son máquinas de proteínas consistentes de numerosas proteínas distintas, cada una indispensable para su función; juntas están más allá de lo que la selección natural puede producir en una sola generación.

Uno de los sistemas bioquímicos de complejidad irreducible que Behe considera es el flagelo bacterial. El flagelo es un motor rotativo parecido a un látigo que permite que una bacteria navegue por su medio ambiente. El flagelo incluye una máquina rotatoria movida por ácido, un estator (stator), anillos “O”, manguito (bushings) y un guía (drive shaft?). La maquinaria complicada de este motor molecular requiere aproximadamente cincuenta proteínas. Sin embargo, la ausencia de cualquiera de estas proteínas resulta en la pérdida total de la función del motor.

La complejidad irreducible de tales sistemas bioquímicos no puede ser explicada por el mecanismo darwinista, ni por ningún mecanismo de evolución naturalista propuesto hasta la fecha de hoy. Más aún, por causa de que la complejidad irreducible ocurre en el nivel bioquímico, no hay un nivel más fundamental de análisis biológico al que se pueda referir la complejidad irreducible de los sistemas biológicos y en los cuales un análisis darwinista en términos de selección y mutación todavía pueda esperar tener éxito. Sosteniendo la bioquímica está la química ordinaria y la física, ninguna de las cuales puede explicar la información biológica. Además, el que un sistema bioquímico sea irreduciblemente complejo es una pregunta totalmente empírica: Elimina individualmente cada proteína que constituya un sistema bioquímico para determinar si la función se pierde. Si es así, estamos tratando con un sistema irreduciblemente complejo. Experimentos de esto tipo son rutinarios en la biología.

Complejidad-Especificación y Complejidad irreducible. La conección entre la noción de Behe de complejidad irreducible y mi criterio de complejidad-especificación es directo. Los sistemas de complejidad irreducible que Behe considera requieren numerosos componentes específicamente adaptados entre sí y cada uno necesario para la función. Eso significa que son complejos en el sentido requerido por el criterio de complejidad-especificación.

La especificación en la biología siempre hace referencia de una u otra forma a la función de un organismo. Un organismo es un sistema funcional conteniendo mucho subsistemas funcionales. La funcionalidad de organismos puede ser especificada de muchas formas. Arno Wouters lo hace en términos de la viabilidad de organismos enteros, Michael Behe en términos de la función mínima de sistemas bioquímicos. Aún Richard Dawkins admitirá que la vida está especificada funcionalmente, para él, en términos de la reproducción de genes. Por eso en The Blind Watchmaker, Dawkins escribe, “Las cosas complicadas tienen algo de cualidad, especificable de antemano, que es altamente improbable que haya sido adquirido por casualidad solamente. En el caso de las cosas vivas, la cualidad que se especifica de antemano es...la habilidad de propagar genes en la reproducción.”

Así que existe un criterio confiable para la detección de diseño partiendo estrictamente de las cualidades observables del mundo. Este criterio pertenece a la teoría de la probabilidad y la complejidad, no a la metafísica y o a la teología. Y a pesar de que no puede alcanzar demostración lógica, sí alcanza una justificación estadística tan convincente que demanda asentimiento. Este criterio es relevante a la biología. Cuando se aplica a las estructuras complejas y llenas de información de la biología, detecta diseño. En particular, podemos decir con el peso de la ciencia detrás nuestro que el criterio de complejidad-especificación muestra que los sistemas bioquímicos de complejidad irreducible de Michael Behe son diseñados.

¿Qué haremos con estos desarrollos? Muchos científicos continúan sin estar convencidos. Aún si tenemos un criterio confiable para detectar diseño, parece que determinar a un sistema biológico como diseñado va de la mano con encoger nuestros hombros y decir que Dios lo hizo. El miedo es que admitir el diseño como una explicación suprima la investigación científica, que los científicos dejarán de investigar problemas difíciles porque ya disponen de explicación suficiente.

¿Detiene el Diseño a la Ciencia?.
Pero el diseño no detiene la ciencia. De hecho, el diseño puede fomentar la investigación donde los acercamientos tradicionalmente evolucionistas la obstruyen. Considere el término “ADN chatarra” (junk DNA). Implícito en este término está el punto de vista de que porque el genoma de un organismo ha sido agrupado a través de un largo proceso evolutivo y falto de dirección, el genoma es una obra de fragmentos del cual sólo porciones limitadas son esenciales al organismo. Entonces desde un punto de vista evolutivo esperamos una gran cantidad de ADN inservible. Si, por otro lado, los organismos son diseñados, esperamos que el ADN, en lo máximo posible, exhiba función. Y, efectivamente, los más recientes descubrimientos sugieren que designar el ADN como “chatarra” simplemente reafirma nuestra actual falta de conocimiento acerca de la función. Por ejemplo, en una edición reciente del Journal of Theoretical Biology, John Bodnar describe cómo el ADN “no codificante en genomas eucarióticos codifica un lenguaje que programa el crecimiento y el desarrollo organíco.” El diseño anima a los científicos a buscar función donde la evolución lo descarta.

O considere órganos vestigiales que luego se descubre que tienen una función después de todo. Textos de biología evolucionaria citan a menudo el cóxis humano como una “estructura vestigial” que se remonta a ancestros vertebrados con colas. Sin embargo, si uno mira a la edición reciente de Gray´s Anatomy, uno encuentra que el cóxis es un punto crucial de contacto con músculos que se conectan al piso pélvico. La frase “estructura vestigial” a menudo reitera nuestra corriente falta de conocimiento acerca de la función. El apéndice humano, antes considerado como vestigial, es conocido ahora como un componente funcional del sistema inmunológico.

Admitir diseño en la ciencia sólo enriquecería la tarea científica. Todas las herramientas reales y probadas de la ciencia permanecerán intactas. Pero el diseño añade una nuevo instrumento al baúl de herramientas de explicación del científico. Más aún, el diseño promueve una nueva gama de temas de investigación. Una vez sabemos que algo es diseñado, querremos saber cómo fue producido, hasta qué grado es el diseño óptimo y cuál es su propósito. Note que podemos detectar diseño sin saber para qué una cosa fue diseñada. Hay un cuarto en el Smithsonian lleno de objetos que son obviamente diseñados pero cuyos propósitos específicos no pueden ser entendidos por los antropólogos.

El diseño también implica limitaciones. Un objeto que es diseñado funciona dentro de ciertos límites. Si se traspasan esos límites el objeto funciona pobremente o se rompe. Más aún, podemos descubrir esas limitaciones empíricamente observando qué funciona y qué no. Este punto de vista sencillo tiene tremendas implicaciones no sólo para la ciencia, sino para la ética. Si los seres humanos son en realidad diseñados, entonces podemos esperar que limitaciones psicosociales estén fijadas en nosotros. Traspasemos esos límites, y tanto nosotros como nuestra sociedad sufrirá. Hay suficiente evidencia empírica para sugerir que muchas de las actitudes y comportamientos que nuestra sociedad promueve socavan el florecimiento humano. El diseño promete revigorisar ese riachuelo ético que fluye desde Aristóteles hasta Aquina conocido como ley natural.

Al admitir diseño en la ciencia, hacemos mucho más que simplemente criticar el reduccionismo científico. El reduccionismo científico sostiene que todo es reducible (simplificable) a categorías científicas. El reduccionismo científico se refuta y contradice a sí mismo. La existencia del mundo, las leyes bajo las cuales el mundo opera, la inteligibilidad del mundo y la incomprensible efectividad de las matemáticas para comprender el mundo, son sólo unas pocas preguntas que la ciencia suscita, pero que la ciencia es incapaz de contestar.

Simplemente criticar al reduccionismo científico, sin embargo, no es suficiente. Criticar el reduccionismo no hace nada para cambiar la ciencia. Y es la ciencia la que debe cambiar. Al evadir el diseño, la ciencia ha operado por demasiado tiempo con una cantidad inadecuada de categorías conceptuales. Esto ha llevado a una visión estrecha de la realidad, torciendo la forma en que la ciencia entiende no sólo el mundo, sino también a los seres humanos.

Martin Heidegger expresó en Being and Time que “el nivel de desarrollo de una ciencia está determinado por la medida en que es capaz de experimentar una crisis en sus conceptos básicos.” Los conceptos básicos con los cuales ha operado la ciencia en los últimos cientos de años ya no son adecuados, ciertamente no lo son en una era de información, ciertamente no lo son en una era en la cual el diseño es empíricamente perceptible. La ciencia enfrenta una crisis de conceptos básicos. La manera de salir de esta crisis es expandir la ciencia para que incluya el diseño. Admitir el diseño a la ciencia es liberar a la ciencia, liberándola de restricciones que ya no pueden ser justificadas.


William A. Dembski, un matemátic y filósofo, es un asociado de el Center for the Renewal of Science and Culture en el Discovery Institute en Seattle. Su nuevo libro, The Design Inference, ha sido publicado recientemente por Cambridge University Press.


© ARN

Traducido por Karenlie Riddering


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