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Los críticos de la fe cristiana gustan de afirmar que la fe ha impedido el avance de la Ciencia.

La realidad es exactamente lo opuesto. En opinión de importantes filósofos e historiadores de la ciencia, fue el cristianismo y su cosmovisión lo que favoreció el surgimiento de la ciencia Moderna.

Como estudiante en los años 60, me acuerdo de la burla que se hacía del cristianismo cuando los estudiantes o los profesores lo mencionaban en las aulas. Los pensadores serios, parecía, habían reemplazado la mítica doctrina cristiana con una visión de la realidad mucho más científica y superior. Como resultado, el cristianismo y la ciencia se veían necesariamente en conflicto. Como la mayoría de los demás estudiantes cristianos de la época, me callaba, desconfiado frente al conocimiento superior de mis mentores.

Varios años después, aprendí a discernir la diferencia entre la ciencia y el naturalismo metafísico disfrazado de ciencia. Mientras estaba en Harvard en 1971, tuve la buena suerte de escuchar una serie de conferencias de un invitado, el catedrático Rejer Hooykaas, un historiador de la ciencia muy respetado. Hooykaas presentó algo que, para mí, fue un argumento nuevo y provocador. El catedrático holandés proponía que el cristianismo había jugado un papel central en fomentar el desarrollo de la ciencia moderna. (1) Recuerdo bien mi reacción. Como cristiano, quería creerle; como científico, era todavía escéptico. ¿No habían rechazado ya muchos académicos el cristianismo como postura intelectual creíble? Seguramente el Dr. Hooykaas se había equivocado. ¿Quizás le había escuchado mal? Aunque me fascinaba, yo simplemente no podía aceptar un argumento que iba en contra de la perspectiva dominante de mi formación de aquel entonces. Tenía un corazón cristiano, pero seguía con una mente pagana.


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Sin embargo, el argumento de Hooykaas me atraía. Empecé un programa de lecturas para examinar sus declaraciones. Encontré a otros historiadores y filósofos de la ciencia que habían reconocido que una visión definitivamente cristiana del mundo había inspirado las investigaciones científicas primitivas. P. E. Hodgson en una crítica de Science and Creation (La ciencia y la creación) de Stanley Jaki dijo: “Aunque raras veces lo reconocemos, la investigación científica exige ciertas creencias básicas sobre el orden y la racionalidad de la materia y su accesibilidad a la mente humana... nos llegaron en su plena fuerza a través de la creencia judeocristiana en un Dios omnipotente, creador y sostén de todas las cosas. En tal visión del mundo, es lógico intentar comprender el mundo, y ésta es la razón fundamental por la que la ciencia se desarrolló tal y cómo lo hizo en la Edad Media en la Europa cristiana, culminando en los brillantes logros del siglo XVII.” (2)

El señor A. N. Whitehead añadió: “En primer lugar, no puede haber ninguna ciencia viviente a menos de que haya una amplia convicción instintiva de la existencia de Un orden de las cosas. Y, en particular, de Un orden de la naturaleza... La creencia inexpugnable de que en cada ocurrencia detallada hay una correlación con sus antecedentes de una manera perfectamente definitiva... tiene que originarse en la insistencia medieval de la racionalidad de Dios... Mi explicación es que la fe en la posibilidad de la ciencia, generada como antecedente al desarrollo de la teoría científica moderna, es una derivación inconsciente de la teología medieval.” (3)

Según Loren Eisley, el origen de la ciencia moderna resultó de: “El mero acto de fe en que el universo poseía orden y que las mentes racionales podrían interpretarlo...La filosofía de la ciencia experimental...empezó sus descubrimientos y aprovechó su método confiando por fe, y no por ciencia, en que se enfrentaba con un universo racional, controlado por un Creador que no actuaba por capricho ni interfería en las fuerzas que Él había puesto en acción. El método experimental triunfó más allá de las expectativas más imposibles del hombre, pero la fe que lo creó le debe algo a la concepción cristiana de la naturaleza de Dios. Es una de la paradojas más singulares de la historia el que la ciencia, que profesionalmente tiene poco que ver con la fe, debe sus orígenes a un acto de fe en el que el universo puede ser interpretado racionalmente, y la ciencia actual se sostiene en esa suposición.” (4)



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Quizás el cristianismo había jugado un papel más grande en el desarrollo de la ciencia moderna de lo que me había imaginado. Quería saber más. Si el concepto cristiano de la creación de los últimos años de la Edad Media había motivado la investigación científica, ¿qué podría haberlo frenado anteriormente? En Europa, por lo menos, la respuesta quedó clara. La visión dominante de la realidad era esencialmente griega. La iglesia la admitió y la hizo apta para uso cristiano. No aportaba ninguna motivación para investigar la naturaleza a través de la observación y la experimentación. Para los griegos, la realidad consistía en formas y esencias, no en cosas materiales. En un mundo caracterizado por la subordinación de la realidad material por debajo de los ideales, observar lo que sí existe se hace menos importante que razonar sobre lo que debería de existir. Los griegos veían la naturaleza como un organismo vivo con atributos divinos. La naturaleza era algo eterno y auto-existente, no algo creado. Se consideraba que la naturaleza estaba impregnada de causas finales, con propósitos divinos, y por tanto se revelaba a si misma. La mente sólo tenía que percibir estas revelaciones, y así, lo importante era intuir axiomas y principios con los cuales se podría sustraer todas las verdades particulares a través la razón deductiva.

De esta visión proseguía el hecho de que el conocimiento griego de la realidad se basaba en la autoridad de los “edificadores del sistema”: Euclides en la geometría, Aristóteles en la filosofía, etc. Como corolario a la visión griega de la realidad, la experiencia sensorial no llevaba a nuevos conocimientos. Sólo podía proveer ilustraciones de lo que ya se sabía a través de la razón. La experiencia sensorial no tenía más importancia para la ciencia griega de la naturaleza de lo que tenía para la geometría euclidiana. Por eso, la ciencia griega de la naturaleza nunca fue experimental. La concepción griega de la naturaleza y de la realidad les hizo desconfiar de los sentidos.

El retrato medieval del mundo heredado de los griegos fue de una inmensa jerarquía de seres, que iba desde la deidad del cielo empíreo en el límite exterior del universo, atravesando una serie graduada de ángeles habitantes de las diez esferas cristalinas concéntricas que rodeaban la tierra central, hasta los niveles de los hombres, los animales y las plantas en la misma Tierra, la cual formaba el centro cósmico del sistema. Una clara distinción cualitativa separaba los dominios terrestres de los celestes en este universo. No sólo se componían los dos dominios de distintos tipos de materiales, sino que también tenían diferentes movimientos. Los alrededores terrestres consistían en tierra, aire, fuego y agua, cada cual con un movimiento rectilíneo que tenía un principio y un fin. Los cuerpos celestes (por encima de la luna) estaban compuestos de una quinta esencia más perfecta, con un movimiento circular eterno. Según la mecánica de la antigüedad, el movimiento se mantenía sólo si había una acción motriz en constante aplicación. Como decía Butterfield, “Un universo construido por la mecánica de Aristóteles ya tenía la puerta medio abierta para los espíritus... Una inteligencia tenía que hacer rodar las esferas planetarias .” (5)

Los cristianos medievales fueron atraídos por esta visión griega del mundo. Un sistema basado en la autoridad, con Dios en su empíreo por encima de la luna, fue muy fácil de visualizar. Los ángeles que la Biblia mencionaba podrían empujar los planetas- un trabajo no muy difícil ya que los cuerpos celestes eran de la muy ligera quinta esencia. Y ¿qué podría promocionar mejor la importancia del hombre que esta visión griega, ya que lo colocaba en el centro del universo? Que poder psicológico provenía de esta visión. Esta concepción implicaba que el hombre era importante en un sentido verdaderamente cósmico.
El eje de esta cosmología medieval fue la postura de Aristóteles sobre el movimiento a través de una fuerza de constante aplicación. Pero como observaba Butterfield, “Era difícil escaparse de la doctrina aristotélica (del movimiento) sólo por observar las cosas más de cerca.... [E]xigía otra forma de pensar, una transformación de la mente del mismo científico.” (6) El cristianismo de finales de la Edad Media proveía esta misma transposición de pensamiento por un conocimiento más amplio de las Escrituras, y por una énfasis en la doctrina de la creación. A través de la llegada de la imprenta, las ideas de las Escrituras fueron más ampliamente distribuidas. La gente podía descubrir por sí sola que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento consideraban el mundo material como algo sustancial, real, y bueno. Se valoraba altamente la fidelidad esencial de la experiencia sensorial, sobre todo en algunos de los pasajes bíblicos prominentes que se basan en la autoridad.

Por ejemplo, después de que Moisés comunicara los Diez Mandamientos, le recuerda a la gente que él no es la autoridad. Los mandamientos escritos en piedra solidificaban el mensaje que todos habían oído. Moisés dice: “...vosotros oísteis la voz....” (7) Los hebreos tenían una prueba empírica para identificar a un profeta falso. (8) San Juan empieza su primera epístola con un énfasis empírico: “Hemos oído”, “hemos contemplado”, “palparon nuestras manos”. (9) Jesús dijo a los que dudaban después de Su Resurrección, “...palpad, y ved...” (10) Durante muchos siglos, la iglesia había reconocido abiertamente a Dios y Su creación. No obstante, la visión medieval de la naturaleza seguía siendo esencialmente griega. Pero con un aprecio más grande del valor de la experiencia sensorial dentro de un universo creado, la gente empezó cada vez a estudiar más las implicaciones de creer en la creación como visión de la naturaleza. Según M. B. Foster, “Los investigadores modernos de la naturaleza fueron los primeros en tomar en serio en su ciencia la doctrina cristiana de que la naturaleza fue creada...” (11) (énfasis suyo).



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Un mundo creado depende de la voluntad del Creador, y no necesita conformarse a nuestros razonamientos a priori. Estos científicos primitivos enfatizaron la observación que utilizaba los cinco sentidos y la experimentación, para obtener nuevos conocimientos.
Francis Bacon (1561-1626) argumentaba que el encontrar nuevos hechos requería nuevos métodos. Empezó a formular de nuevo el método científico para dar al proceso empírico e inductivo un lugar más céntrico. Una parte del genio de la ciencia moderna empírica fue precisamente su utilización de los eventos naturales periódicos para proveer pruebas observables de las hipótesis. Los científicos ya no se conformaban con los razonamientos especulativos que no se podían confirmar a través de la experiencia sensorial.

Bacon también refutaba la búsqueda griega de causas finales en la naturaleza, las cuales él veía como inescrutables para el hombre. Por eso, “las investigaciones sobre las causas finales son infructuosas, y como una virgen consagrada a Dios, no producen nada” (12) Según Bacon, los griegos simplemente se habían equivocado al abordar la naturaleza porque fallaron al no verla como algo creado. La creación puede haber sido una mera doctrina en los siglos primitivos, pero para muchos, a finales de la Edad Media, fue el ímpetu necesario para reconsiderar la visión del mundo natural de los antiguos.

Una conciencia de las implicaciones de un mundo creado abrió la puerta a la importancia de la experiencia sensorial. La ciencia empírica fluye directamente de la creencia en una naturaleza creada, y como resultado, dependiente. No fue hasta finales del siglo XVII que Newton alcanzó un nuevo entendimiento de la realidad física. Entre tanto, llegó a haber una emoción al descubrir las grietas del edificio aristotélico. Los viajes de descubrimiento del siglo XV no sólo abrieron el Nuevo Mundo con nuevas rutas de comercio, sino que aportaban pruebas empíricas de que el conocimiento antiguo del mundo fue tanto incompleto como, en muchos casos, equivocado. Los exploradores, por experiencia, contradecían a los antiguos. Por ejemplo, no se habían caído del borde de la Tierra cuando navegaban por aguas desconocidas. Una vez que ocurriera esta transposición en la forma de pensar, permitiendo pruebas significativas y experimentales de las ideas, los nuevos empiristas descubrieron un universo repleto de evidencia que refutaba la cosmología antigua.

En 1572 apareció una nueva estrella sobre los cielos de Europa. La estrella fue visible durante un año y medio, incluso durante el día. La estrella flotaba claramente por encima de la luna. No obstante, según la visión establecida de Aristóteles, los cielos eran supuestamente inmutables. Algunos de los profesores eruditos se negaron a reconocer la nueva estrella, diciendo que era una ilusión óptica. Pero para los demás, era una evidencia clara de que el sistema aristotélico tenía graves problemas. Además, la evidencia fue empírica.

Otro golpe a la perspectiva aristotélica llegó en 1577. El cometa no sólo señaló más cambios en el firmamento, sino que al haber tenido que pasar por las supuestamente impenetrables esferas cristalinas, su apariencia también negó la visión aristotélica de los cielos. Muchos, como Tycho Brahe, incluso se animaron a negar la existencia de los orbes cristalinos.

Copérnico, valientemente, había dado el primer paso, volviendo a formar la visión del mundo. Colocó el Sol en el centro de su sistema, haciendo así que la Tierra fuera simplemente uno de los planetas. Pero Copérnico no se apartó del movimiento circular de los planetas. Más tarde, Kepler iba a descubrir, por fundamentos empíricos, que las órbitas eran elípticas.

A finales del siglo XVII, Newton había hecho una síntesis de la obra de Copérnico, Tycho Brahe, Kepler, y Galileo al alcanzar una unidad de cielos y Tierra, con las mismas sustancias en el cielo y en la Tierra, todas igualmente sujetas a un análisis matemático. Newton desterró la dicotomía aristotélica de Tierra y cielos que había dominado el pensamiento intelectual durante casi dos mil años. La iniciativa científica moderna ya estaba lista para explorar, a través de los sentidos y en combinación con las matemáticas, la estructura y la operación continua del universo. El pensamiento cristiano había hecho mucho para inspirar esta nueva forma de investigaciones. En cuanto a mis propios estudios, mi conclusión está de acuerdo con la de C. F. Von Weizsacker, en que la ciencia moderna es una “herencia, quizás diría, una hija del cristianismo”. (13)


Dr. Charles Thaxton

REFERENCIAS & CITAS

1. R. Hooykaas, 1972. Religion and the Rise of Modern Science, Grand Rapids, Michigan: William B. Erdmans Publishing Company.
2. P. E. Hodgson, 1974. Review of Science and Creation (by S. L. Jaki) in Nature, Vol. 251, Oct. 24, 1974, pág. 747.
3. A. N. Whitehead, 1967. Science and the Modern World, New York; The Free Press, ppág.3-4, 12-13.
4. Loren Eisley, 1961. Darwin’s Century: Evolution and the men who discovered it. Garden City, New York: Anchor, pág. 62.
5. Herbert Butterfield, 1957. The Origins of Modern Science 1300 -1800. New York: The Free Press, pág. 19.
6. Ibid., pág. 16, 17.
7. Deuteronomio 5:23.
8. Deuteronomio 18
9. I Juan 1:1.
10. Lucas 24:39.
11. M. B. Foster, 1934. Mind. Vol. 43, No. 172, pág.446.
12. Citado en T. F. Torrance, 1969. Theological Science. London: Oxford University Press, Ref. 2, pág. 70.
13. C. F. von Weizsacker, 1964. The Relevance of Science. New York: Harper and Row, pág. 163

© Copyright 1985, 1995 por Truth, una división del International Institute for Mankind.
TRUTH A JOURNAL OF MODERN THOUGHT
Una Reimpresión del Volumen 1, 1985
Usado con Permiso
Traducción de Derryl Fox
© Mente Abierta 2002

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